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BIENESTAR ANIMAL Y MACROGRANJAS: PERO ¿QUÉ NOS ESTÁN CONTANDO?

Las noticias vertidas por el Ministro de Consumo Alberto Garzón en el periódico The Guardian han sido motivo de controversia en los últimos días. Desde hace semanas le hemos oído hablar acerca de la necesidad de comer menos carne. No ha inventado nada nuevo: desde hace décadas en la pirámide nutricional el consumo de ésta estaba en la escala superior, aunque eso no implique minimizar su relevancia nutricional y el papel que la carne roja ha jugado en el desarrollo neuronal de la especie humana (Castillo et al., 2019. Res. Vet. Sci.).

En esta aportación no voy a hacer alusión a la calidad de la carne en España, independientemente del tipo de explotación. Eso lo dejo para expertos que puedan contribuir con mejores datos que los que pueda hacer yo. A lo que me voy a referir es a un hecho que se ha pasado por alto: ¿Qué es una macrogranja? ¿Cuántos tipos de explotaciones hay? ¿Hay una guerra de lobbies detrás de todo esto? ¿Realmente se piensa en el bienestar animal, o es un arma arrojadiza multifunción?

Para empezar el término macrogranja no está definido en la RAE. Hay granjas con mayor o menor número de cabezas. Es un término que ha sido acuñado por grupos animalistas, que demonizan el consumo de la carne, pero que toman bebidas de avena o soja, causantes de la deforestación de las selvas del Congo o Amazonas, en detrimento del animal más importante de la Naturaleza: las abejas. Un poco contradictorio…

A mayores, el Ministro debería saber que las granjas españolas cumplen estrictamente la reglamentación que marca la Unión Europea en lo que respecta al empleo de antibióticos, al cuidado de su fisiologismo, el espacio mínimo para su movilidad natural, etc., si quieren exportar su carne con un marchamo de calidad. Es frustrante ver como se permite la importación de carne procedente de otros países con regulaciones menos estrictas y que se venden a precios más baratos. Esa carne no es española…, ¿por qué no se limita su importación?

Por otro lado, los retos que la sobrepoblación marcan sobre el sistema agropecuario ya fueron anunciados en el informe emitido por la FAO en 2016 (How to feed the world in 2050?) y en el que ya se avanzaba que iba a haber una intensa competencia entre la alimentación humana y animal ya que el ser humano necesitaría consumir más cereales carne, leche y subproductos para su supervivencia.

Y ahí entra la profesión veterinaria. El consumo de carne artificial, obtenida de un animal donante vivo y procesada laboratorialmente con medios cuyas consecuencias desconocemos, desencadena obviamente el rechazo de la mayoría de la población. No es una solución viable a corto o medio plazo. Además es curioso que sea una propuesta realizada precisamente por Bill Gates o Jeff Bezos quienes han invertido en Nature’s Fynd (https://www.naturesfynd.com).

Los veterinarios vamos comprendiendo que nuestra función pasa por la multidisciplinariedad: ya no somos sólo el médico de la explotación, sino que hemos de trabajar conjuntamente con otras profesiones (ingenieros, arquitectos, informáticos, químicos, etc.) para poder crear granjas auto-sostenibles que desde el principio reúnan las condiciones ambientales reglamentarias (ventilación, espacio, luz, camas, etc.), el reciclaje de las excretas en pozos de modo que, tal y como se hace en Estados Unidos, la fermentación de las mismas cree gas natural que contribuya a aportar fuentes energéticas para el auto-mantenimiento; el empleo de la inteligencia artificial que ha desarrollado el concepto de ganadería de precisión o smart farming y donde con el mínimo manejo ya podemos obtener la información clínica y productiva sin necesidad de manipular o estresar al animal… El nuevo modelo ganadero pasa por la creación de grandes granjas verdes, a modo de circuitos cerrados y que tengan la mínima implicación en el entorno, y en la que hará falta mano de obra y empresas subsidiarias que aporten lo que la explotación necesita, destacando una alimentación animal eficiente basada en el reciclaje de subproductos hortofrutícolas e incluso harinas de insectos, evitando la competencia con el cereal para la alimentación humana y cuyos precios son cada vez más insostenibles para una granja.

En vez de denostar a nivel internacional el trabajo del sector primario español, ¿no hubiera sido más inteligente ofrecer acciones de mejora? Las grandes explotaciones en régimen semi-intensivo con entornos controlados son el futuro del aporte de alimentos para una población en constante crecimiento. Todo bajo estricto control medioambiental llevada a cabo por expertos en el sector. Por favor, no hagamos de una mala praxis ganadera puntual la norma general como está sucediendo.

Hay asociaciones en Galicia que abogan por la ganadería extensiva, ecológica, en contacto directo con la naturaleza, pero bajo la amenaza constante del ataque de lobos, cuya caza en el Norte de España es cuestionada… Digámosle a un ganadero que su vaca/oveja/cabra muerta (a veces preñada) forma parte de esa biodiversidad y futuro ganadero propugnada por el Ministro bajo las directrices de la Agenda 2030.

Todos coincidimos al pensar que las grandes granjas si quieren vender su carne o leche han de cumplir estrictas normas de bienestar. Cierto es que hay aspectos a mejorar, en España y el resto de Europa. Pero no demonicemos este sector primario, que necesita que ser impulsado mediante el trabajo colaborativo de distintas profesiones con el fin de que la explotación sea rentable para el ganadero y le permita vivir en su zona de origen: ese es el futuro de la España vaciada.

Cristina Castillo y Joaquín Hernández. Académicos Correspondientes.

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